Egoísmo psicológico y altruismo

Hace unos años yo defendía el egoísmo psicológico. ¿Qué es y por qué lo defendía?

El egoísmo psicológico es una teoría sobre la motivación de los actos humanos que viene a decir que todo lo que hacemos, lo hacemos por motivos egoístas: porque nos beneficia de una manera u otra. No estaríamos ayudando a otros porque valoramos su bienestar, sino porque buscamos el (la sensación psíquica de) placer de ayudar o ser vistos como personas buenas.

En resumen: estaríamos calculando beneficios personales a mayor o menor plazo de nuestras acciones, resultando que a veces nos beneficiamos más si hacemos cosas que a corto plazo parecen no beneficiarnos. Si alguna vez hacemos algo que no sea acorde a nuestro beneficio sería sólo por un error de cálculo en acciones supuestamente altruistas pasadas.

En efecto, es una visión bastante cínica de la naturaleza humana. No dice simplemente que la mayoría de las cosas que hacemos tengan que ver con nosotros mismos. Eso podría discutirse. Lo que niega es la mera posibilidad de que uno pueda hacer algo por los demás, sin que gane nada a cambio que le compense esa acción altruista.

Hay quienes defienden esta visión basándose en una mala lectura de la teoría económica, o en nociones mal adquiridas de psicología evolucionista. Nos ocuparemos de estos dos puntos más tarde. Primero, intentaré explicar qué me llevó a mí a pensar esto, y por qué dejé de hacerlo.

De cómo llega uno al egoísmo y de cómo sale de él

Estaba yo por Bachillerato, y siendo de esas personas que siempre le preguntan el por qué a todo, en cierto momento me dio por preguntarme por los por qués de las diversas acciones humanas. ¿Por qué comemos? ¿Por qué tenemos amigos? ¿Por qué trabajamos? ¿Por qué caminamos de un lado a otro? Básicamente llegué a la conclusión de que todo lo que hacemos, lo hacemos para ser felices, y estaba bastante orgulloso de esta conclusión y del argumentillo que llevaba a la misma. Si tomábamos una acción arbitraria, como por ejemplo comer y nos planteamos por qué se lleva a cabo, concluiremos que o bien comemos porque nos da placer (nos hace felices, entendía) o para seguir vivos. ¿Pero para qué seguir vivos? Para tener más experiencias placenteras en un futuro. Esto es, para poder seguir buscando la felicidad.

La cosa esta se hizo algo más sofisticada tras una lectura (y torticero entendimiento) de algunos de los los párrafos extractados de textos de Aristóteles en la asignatura de Filosofía. Alguna vez llegué a debatir esto (en primero de carrera, recuerdo) con otros, y tratando de reducir mi posición al absurdo, se me plantearon casos de Teresa de Calcuta. ¿Realmente hizo lo que hizo para ser feliz? Cuando una madre se suicida para salvar la vida de su hijo, ¿Lo hace para ser feliz? Cuando alguien dona millones a la caridad, ¿Lo hace para ser feliz? y así sucesivamente.

Respondía afirmativamente a todas. Si Teresa de Calcuta hizo lo que hizo fue porque, necesariamente, estar allí le hacía más feliz que no hacerlo. Si una madre se suicida por su hijo, lo hace porque estima que en un futuro en el que su hijo está muerto la hará tan infeliz que no merecerá vivir su propia vida. Si alguien dona millones a la caridad, será porque le causa placer el hacerlo, o porque planea granjearse el reconocimiento ajeno, y sentirse feliz por ambas vías.

¿Qué se me pasaba por la cabeza cuando decía esto?

Realmente no tanto como debiera. Simplemente pensaba haber encontrado una explicación sencilla y universal para un fenómeno y me gustaba mucho, y la defendía realmente sin más. No me había parado a analizar qué significa felicidad, o si podía encontrar contraejemplos claros, o si los ejemplos antes citados era plausibles interpretarlos así. La plausibilidad depende del grado de análisis previo sobre el tema analizado, por desgracia para mi yo de hace unos años.

Los contraejemplos que me plantearon estuvieron dándome vueltas por la cabeza hasta que empezó a parecerme que eso de que todo fuese por la felicidad no era tan obvio. Empecé a preocuparme por analizar no sólo el por qué sino el qué. ¿Qué era eso de la felicidad? ¿Podía haber otras razones para  actuar que no fuesen la felicidad?

Un ejemplo que supuso el inicio del cambio de perspectivas fue plantearme el caso de un alpinista que escala el Everest. ¿Lo hace porque llegar a lo alto del Everest le hará feliz? No, porque subir en un hipotético teleférico no le haría feliz, aunque el resultado final sea el mismo. ¿Lo que le hace feliz es entonces el hecho de subir el Everest por sus propios medios? ¿Realmente si uno calcula en términos de felicidad el esfuerzo de subir y la felicidad alcanzada en la cima, salen las cuentas?

¿Y si lo que importaba era el hacer algo per se? ¿Perseguir proyectos vitales con valores muy diferentes entre sí, incluyendo pero no de forma exclusiva el placer o la felicidad? No me lo había planteado, y de hecho hasta hace poco (gracias a la lectura de Persons, Rights and the Moral Community de Loren Lomasky) no he terminado de entender las implicaciones de algo así. Pero cuando pensé en ello no parecía una explicación tan clara y directa como la felicidad como razón última, y esto me hacía no querer terminar a abrazar esta visión alternativa.

Pensando sobre el concepto de felicidad, me pregunté si era lo mismo que placer. No parecía serlo. Cuando uno lee no siente placer, o al menos no el mismo placer que uno siente cuando come, o cuando se ríe, o cuando uno logra una meta que se ha propuesto. La explicación basada en la felicidad ya no parecía algo tan obvio. Intenté salvarla acudiendo al placer directamente, pero aquí los contraejemplos planteados anteriormente sí se mostraron más efectivos. Era coherente decir que Teresa de Calcuta podría haber sufrido al mismo tiempo que realizó un proyecto vital que valoraba. O que una madre simplemente puede querer que su hijo viva, y ella no. Difícil era pensar que realmente se pueda pensar que la propia vida va a ser tan infeliz ante la pérdida del hijo como para suicidarse para salvarlo. Y para el caso del millonario, si uno es medianamente coherente, debería defender que los grandes filántropos viven en una suerte de orgasmo constante, cuando tal cosa no parece ser cierta. Mi teoría parecía poder justificar cualquier cosa con la mera presencia de un ápice de una sensación placentera, descontando cualquier otra razón.

Estando ya en un periodo de dudas, ocurrió que estaba yendo en el metro de algún sitio a algún otro cuando a quien estaba sentado a mi lado se le cayó algo. Ahora mismo no recuerdo qué era, porque no es el único caso de éstos que me han ocurrido. Sólo sé que estando yo escuchándo música, ajeno al resto del mundo, me agaché para recoger aquello y devolvérselo, sin terminar de salir de mi mundo, sin responder al “gracias” que supongo que me dedicó con un “de nada”. Fue un instante de “Oh, espera un momento”. Había hecho algo por alguien que no volvería a ver, ante gente a la que no volvería a ver, y sin un cambio psíquico apreciable. No había sentido nada. Tenía la mente tan en blanco -con la música de fondo – como la tenía inicialmente.

Básicamente fue vivir una refutación de una idea personal en primera persona. Me hizo gracia. Supongo que estaría esperando a que sucediese algo así. En ese momento de dudas ya estaba dispuesto a abrazar otras ideas, y esa experiencia terminó de decidirme: Había hecho algo por alguien, y no había ganado literalmente nada a cambio. Algún cínico podría decir que realmente gano el poder contarlo, y que eso me beneficia de alguna manera. Ni antes de pensarlo ni justo después pensé en ello, de modo que salvo que pensamientos de semanas posteriores afecten a intenciones del pasado, lo dudo bastante. Además, incluso de ser ese el caso, la existencia de razones múltiples para un acto es una posibilidad. Puedes querer hacer algo per se y además, para ganar algo. El millonario puede querer ayudar y además deducirse impuestos y mejorar su imagen. O quizá le de igual ayudar y sólo quiera esto segundo. O quizá sólo aspira a lo primero. Las opciones son múltiples.

Darme cuenta de este error tuvo otra consecuencia: darme cuenta de que podía estar terriblemente equivocado a pesar de que en un momento anterior pudiese pensar que tenía toda la razón – y que eso me permitía defender una idea con particular vehemencia, cosa que alguna vez llegué a hacer. Aquellas ocasiones pasadas quedaban un tanto en ridículo a la vista de lo que ahora sabía. Mi yo del pasado estaría haciendo el ridículo a ojos de mi yo del presente. Y como valoro cierta consistencia intertemporal de criterios (salir inocente ante el tribunal de tus instancias personales  futuras, básicamente), decidí dejar de ser tan insistente al defender ideas. A tener particularmente presente la posibilidad de error, a considerar de forma más caritativa ideas ajenas. Esto luego terminaría en una suerte de recaía en un escepticismo general del que luego salí, pero esa es otra historia. Por concluir, uno puede salir a cenar con sus ideas, pero no debería casarse con ellas, pues existe la posibilidad de que debas dejar de mantenerlas.

Psicología evolucionista y altruismo

Un ejemplo de los razonamientos de los que hablaba al principio de esta entrada podemos encontrarlos en Becker (1976). Afirma que el altruismo existe… porque maximiza la utilidad, en ciertas condiciones, y eso casa con el “problema central de la sociobiología” de E.O. Wilson: ¿Cómo es posible que exista el altruismo, si las formas de vida presentes son fruto de la selección natural

According to Wilson, “the central theoretical problem of sociobiology [is]: how can altruism, which by definition reduces personal fitness, possibly evolve by natural selection?”

Aquí se habla de selección por parentesco o selección por grupos. Ayudar a un familiar es ‘ayudar a mis genes’, y ayudar a un miembro del grupo pensando directamente en su bienestar puede contribuir más a la supervivencia del grupo que no hacerlo, lo que haría ese rasgo adaptativo y lo haría persistir. Pero esos no serían casos de altruismo puro. En el fondo te estarías beneficiando de esas acciones. ¿O no?

La crítica evolucionista general al altruismo es la que plantea Wilson en la cita anterior. Si el altruismo no proporciona nada al altruista, no será adaptativo y tenderá a desaparecer. En tanto la teoría de la selección natural es cierta, y somos fruto de un proceso tal, el altruismo o bien no es posible si es puro, o bien puede conceptualizarse como una acción de segundo orden encaminada a conseguir un bien personal de primer orden: El altruista pierde recursos hoy para ganarlos mañana, o para convertirlos en otros recursos más abstractos pero no por ellos triviales (respeto, honor)

Esta explicación presenta dos problemas.

El primero, que si uno tiene ciertas tendencias debido a que son adaptativas hace que la causa de la elección ya esté viciada de partida, y que sea debida al propio interés. Esto es fácilmente refutable: Incluso si sabes que al hacer algo estás propiciando la supervivencia de tus genes, no estás haciendo algo que te beneficie necesariamente a ti. Tú no eres tus genes, como el código fuente de un programa no es el programa. Tú eres el resultado de tus genes, y otros factores.

El segundo, que comportamientos o características presentes en seres vivos o sistemas en general sometidos a selección natural pueden persistir en el tiempo incluso cuando no sean adaptativos. Esto es posible por varias vías.

Una de ellas, y diría que la principal, es el hecho de que características que sí son adaptativas pueden requerir de otras características que a su vez, como subproducto, permiten comportamientos que no tienen nada que ver con su adaptatividad. El cerebro humano sirve para muchas cosas que sin duda hacen que tenerlo permitiese a nuestros ancestros, y a nosotros, tener ventaja sobre otros seres vivos. Pero también sirve para estudiar física cuántica, calcula las fuerzas a las que está sometida el ala de un avión ,manejar programas de diseño gráfico o probar teoremas matemáticos. Todas esas cosas no servían para nada evolutivamente útil al hombre preclásico y sin embargo ahí andan, y nadie anda planteando que su existencia plantea problemas para la teoría evolucionista. En absoluto. Plantear “¿Cómo es siquiera posible que hay gente estudiando topología diferencial?. ¿Cómo ha evolucionado eso?” es no haber entendido bien el razonamiento evolucionista.

La segunda, independiente de la anterior, sería posible durante al menos periodos extendidos de tiempo. Aquí habría presentes características no adaptativas que no son requeridas por otras que sí son adaptativas. Entonces a largo plazo, cuanto más rápido funcione la selección natural, antes tenderían a desaparecer. Una ralentización de la misma permitiría que pervivan durante periodos prolongados de tiempo, especialmente si la adaptatividad que resta esa característica es ínfima o nula. Si el color del dedo gordo del pie izquierdo dependiese de un gen en concreto que sólo hace eso, ese rasgo podría quedarse ahí aunque no haga nada, por un periodo en principio ilimitado.

El caso del altruismo se asemejaría más bien al primero, es mi postura en este asunto.

Economía y altruismo

En el caso de la economía, hay quienes dicen que en el fondo, si ayudas ‘altruistamente’ a alguien, estás ganando más utilidad de la que ganarías si hicieras una acción alternativa. O que en el fondo estas satisfaciendo tu preferencia más valorada, la que más te interesa. Por tanto, en el fondo estás siendo egoísta de alguna forma. Aquí , en un texto de un estudiante de economía, hay un ejemplo de esto

Taking this into account, when asked the question: are we capable of being altruistic? The answer must surely be an unequivocal yes. However, with the exception of pure altruism in an economic framework, all the other definitions are counter intuitive. For, if the individual derives utility from an ‘altruistic’ act, then the act is not selfless and therefore not altruistic.

En general los economistas tienden a no caer en esto, pero la forma en la que puede haberse enseñado el concepto de utilidad quizá induzca a pensar según el egoísmo psicológico. (Pero) En economía, utilidad no es un índice de felicidad. Es una forma de representar preferencias. Esta entrada no es lugar para analizar el concepto de utilidad históricamente, de dónde viene y de cómo varios economistas clave en la formación del pensamiento económico moderno pudieron inducir a ese equívoco (algunos utilitaristas como Edgeworth, Pigou, Stuart Mill o Bentham), pero sí para colocar una cita de este último que ilustra bien lo que quiero decir

“By utility is meant that property in any object, whereby it tends to produce benefit, advantage, pleasure, good, or happiness, (all this in the present case comes to the same thing) or (what comes again to the same thing) to prevent the happening of mischief, pain, evil, or unhappiness to the party whose interest is considered: if that party be the community in general, then the happiness of the community: if a particular individual, then the happiness of that individual.”

En realidad, lo que deberíamos decir es que todo ser humano actúa para satisfacer su preferencia más valorada en ese momento. Puede hablarse con cuidado de que todo ser humano actúa maximizando la utilidad, siendo esta la importancia de sus preferencias. Un maximizador de utilidad no es otra cosa que un agente que actúa siempre según su preferencia más valorada, porque ese “más valorada” hace referencia a “que aporta más utilidad”. En ese sentido, todo ser humano es un maximizador de utilidad (o un agente praxeológico), y no puede ser de otra manera.

Pero ello no debe llevarnos a pensar, que puede hacerlo, pues es bastante intuitivo,  que un maximizador hace las cosas que más le gustan, o que le hacen más felices. Siempre que sepamos de qué estamos hablando, bien. El gusto, el gustito, la sensación de satisfacción, o la felicidad no tienen que ver con la (satisfacción de, consecución de , o ejecución de acciones según) preferencias. El hombre actúa. Pero no siempre para lograr mayores cotas de felicidad o placer.

Conclusión

El altruismo es algo bastante real. Con esto no quiero decir que el altruismo sea algo particularmente común o extendido. El altruismo puro es algo bastante acotado y limitado, y no es un problema para la explicación biológica o económica, siempre que se entiendan debidamente los métodos de ambas ciencias.

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