El liberal y el Estado. ¿Es hipócrita un liberal que use servicios estatales o cobre dinero público?

Desde hace unos días, y en mayor grado ayer y hoy, se lleva escuchando en diversos canales de la red – Twitter fundamentalmente – un argumento que podemos resumir así:

  1. El liberalismo está en contra de ciertos servicios públicos [1]
  2. Un liberal suscribe el liberalismo
  3. Supongamos que un liberal usa un servicio público que está dentro del conjunto de servicios públicos en contra de los cuales se manifiesta
  4. Por tanto, el liberal está llevando a cabo una acción en contra de la cual está
  5. Por tanto, el liberal es un hipócrita (Y merece que se le señale su contradicción)

La razón que motiva la aparición de este argumento en cantidades industriales por la red es el reciente anuncio de la colaboración del economista liberal Juan Ramón Rallo en RTVE, donde a partir de hoy expondrá cada miércoles ciertos consejos de economía doméstica. 

UGT ha emitido un comunicado en el que critica esta colaboración, pidiendo que se impida la entrada a las instalaciones de RTVE de Rallo. La respuesta del Instituto Juan de Mariana, institución dirigida por él, no se ha hecho esperar, retando a UGT a un debate sobre la conveniencia de mantener una cadena pública de televisión. Ricardo Galli ha criticado esta postura de UGT, ya que uno de los propósitos de RTVE es precisamente ser la ‘cadena de todos’, donde tengan cabida una pluralidad de puntos de vista ideológicos.

Rallo se ha manifestado en ocasiones en contra de la existencia de una televisión pública. Una primera crítica que se le ha hecho es que haya aceptado dinero de una institución en contra de la cual está. De forma general, se le ha criticado también que, en vista de que está en contra de muchos de los servicios que presta el Estado, use esos mismos servicios. Aunque no hiciera uso de la sanidad o educación pública, sí se beneficia de, al menos, carreteras, policía o tribunales, por citar algunos ejemplos. A efectos de este artículo  podemos asumir que podría haberse beneficiado de todos los servicios de los que se beneficia un ciudadano español medio, y por tanto podemos hacer este argumento válido para cualquier liberal.

Volviendo al razonamiento planteado anteriormente por puntos, argumentaré que la premisa errada, o mal entendida, es la primera. Esto puede parecer sorprendente (¿Acaso están los liberales a favor de lo público?), pero veremos que no. 

En primer lugar, hemos de distinguir entre actividades que desde la ética liberal [2], son legítimas y aquellas que no lo son. Emitir programas televisivos, ofrecer sanidad y educación subvencionada, ofrecer servicios de policía o construir y mantener carreteras no son actividades ilegítimas desde un punto de vista liberal. Un filántropo que decidiese un día donar toda su fortuna para construir una red de hospitales gratuitos para los pacientes no merecería ser condenado, sino alabado como un héroe [3].

Las actividades estatales que son ilegítimas desde la óptica liberal serían el cobro de impuestos [4] y ciertas regulaciones. La razón por la que el liberal se opone a muchas de las tareas que desempeña el Estado no es porque sean tareas intrínsecamente malas, sino que al devolverle a la sociedad esas tareas, se podrán reducir impuestos, que es lo que sí se percibe como negativo. Si el Estado hipotéticamente tuviese un grandísimo fondo de inversiones de donde obtuviese rentas para financiarse en su totalidad, en principio no cabría crítica liberal como tal a que el Estado preste esos servicios. Este punto posiblemente es donde se encuentra el malentendido. 

El liberal no está en contra de lo público porque sea público, sino que está instrumentalmente en contra de lo público en tanto se financia en su práctica totalidad con impuestos, que son vistos como ilegítimos, y que deben por tanto reducirse.

Aclarado esto, resta comentar un segundo argumento que podría emplearse para apuntar que el liberal es un hipócrita.

  1. Según la ética liberal, en general el cobro de (todos o parte de los) impuestos no es legítimo
  2. Un liberal suscribe la ética liberal
  3. Un liberal emplea servicios sufragados con impuestos
  4. El liberal se encuentra por tanto en una posición donde está haciendo uso, y recibiendo fondos que según él mismo, son ‘robados’.
  5. Según la ética liberal, uno no debería usar o aceptar bienes robados
  6. Por tanto, el liberal es un hipócrita, y según él mismo está robando al resto de la ciudadanía

Afirmo que los puntos 1-5 son correctos, pero que de ellos no sigue 6. La razón es que en la premisa 5 uno ha de tener en cuenta que el liberal está obligado a pagar impuestos [5], mientras que aceptar o usar servicios públicos es algo en la mayoría de los casos opcional.  El liberal, según su ética, sufre una sustracción ilegítima de su propiedad, y una manera de recibir restitución o compensación por el mismo es precisamente obtener una cantidad equivalente de recursos de aquella entidad que haya llevado a cabo la sustracción en primera instancia.

Jason Brennan, en The Ethics of Voting plantea un escenario que es análogo al que un liberal se enfrenta: Supongamos que un rey le ha quitado cinco ovejas a un pastor para dárselas a otro. El primer pastor a continuación pide al rey que le quite unas cabras al primero y se las dé a él. De esta manera se volvería a la situación inicial de justicia [6].

La ética liberal permite por tanto que un liberal use y reciba tantos fondos y recursos públicos como el liberal pague en impuestos. En el caso de un salario típico de 15.500 euros anuales, un ciudadano liberal podría hacer uso de hasta 9.000 euros de recursos estatales.

A ese uso de recursos, que puede estimarse de forma relativamente razonable habría que sumarle el sobrecoste de los servicios que paga el liberal que pueda atribuirse al Estado. Por ejemplo, el monopolio de los taxis. Si un desplazamiento en taxi cuesta 20€ y en libre competencia ese importe fuese, hipotéticamente, de 10€, el liberal estaría pagando implícitamente 10€ de más que no vería legítimos. Ese dinero no iría para el Estado sino para el taxista, pero la extracción de renta ocurre de todas formas. Plantear contrafactuales donde las regulaciones fuesen las que demanda la ética liberal y extraer de ellos qué cantidad es la que un liberal paga de más es extremadamente difícil, si bien el impacto económico cuantitativo de la regulación no deja de ser una cuestión empírica y se han intentado hacer estudios al respecto.

 

Para concluir: hasta cierto punto un liberal puede hacer uso de servicios estatales, cobrar dinero público o trabajar para el Estado [7] sin caer en la incoherencia o la hipocresía. Los argumentos que tratan de hacer ver una contradicción en la vida de los liberales no logran su objetivo al no entender debidamente qué defienden o a qué se oponen y por qué los liberales.

 

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[1] No es mi propósito aquí definir de forma precisa qué es el liberalismo o qué es o no es un liberal, ni defender ni criticar ninguna corriente liberal en particular [4.1] . Simplemente afirmo que hay ramas del liberalismo que están en contra de ciertos servicios públicos, y plantear desde la ética manifestada por estos liberales si sus acciones son o no hipócritas. Es a estos liberales a los que me refiero. Para una introducción al pensamiento liberal moderno, uno puede acudir a Libertarianism: What everyone Needs to Know. Es una lectura que recomiendo incluso a los propios liberales. El liberalismo y la ética liberal no son Rothbard, Hoppe y Rand.

[2] Nuevamente, no se presupone que la ética liberal sea cierta, sino que se asume que un liberal cree que lo es. 

[3] Salvo quizás, si uno fuese un Objetivista que siga a Ayn Rand. Pero la mayoría de liberales no siguen a Ayn Rand y en el ámbito académico liberal el Objetivismo randiano apenas tiene presencia. Para una crítica de la filosofía de Ayn Rand véase Why I am not an ObjectivistCritique of The Objectivist Ethics o Rand, Egoism and Rights. Un Objetivista podría intentar salvar esta objeción diciendo que realmente el filántropo hace eso para sentirse enormemente bien y que por tanto es un acto de egoísmo y no de altruismo.

[4] En función del tipo de liberal, la cantidad de impuestos que no son legítimos podría ser o no nula. Nozick en Anarchy, State and Utopia ve como legítimos los impuestos necesarios para sostener un Estado que provea policía, defensa y tribunales. Rallo en Una Revolución liberal para España afirma que el Estado debería tener un peso del 5% del PIB, como mucho. Otros liberales ven legítima la existencia de cierto Estado del Bienestar, o su sustitución por una renta mínima para aquellos más desfavorecidos (el caso de Hayek o Milton Friedman). Michael Huemer, en The Problem of Political Authority llega a concluir, a partir de premisas que la mayoría de gente comparte, que todos o casi todos los impuestos y regulaciones no son legítimos. El libro de Huemer mola muchísimo y deberíais comprarlo todos, sabedlo.

[4.1] Cuando dije aquí me refería al artículo. Uno podría entender la nota [3] como una crítica a Rand. Podría ser. En cualquier caso la nota no es parte del ‘aquí’ al que se refiere la primera nota.

[5] A día de hoy en filosofía política el argumento de “Si no te gustan los impuestos vete del país” se encuentra refutado. Véase el anterior libro de Michael Huemer. La opinión de consenso en filosofía política es que el ciudadano no tiene el deber de obedecer la ley porque sea la ley, y que la autoridad estatal requiere una justificación. La razón por la que los impuestos estarían justificados (si los liberales no tuviesen razón) no sería que uno acepta voluntariamente pagarlos al estar en el país, sino que una teoría de la justicia (La de John Rawls, por ejemplo) requiera el pago de esos impuestos como requisito para una sociedad justa. Desde una teoría de la justicia así, podría argumentarse que los impuestos no son un robo, sino que es dinero que pertenece legítimamente al Estado en concepto de servicios prestados. La redistribución estatal de riqueza no supondría un problema, ya que de entrada la extracción de renta no supondría ningún problema ético, como argumentan Nagel y Murphy en The Myth of Ownership. Para una respuesta liberal a este segundo argumento véase Is Wealth Redistribution a Rights Violation?

[6]  El texto en cuestión, si bien se emplea en otro contexto, es el que sigue. Es una situación donde todo el mundo estaría explotando a todo el mundo, e identificar exactamente qué le debes a cada persona individual – y pagárselo – se convierte en prohibitivamente costoso. Por tanto, a la hora de extraer restitución puede exigírsele al Estado en lugar de a cada uno de los ciudadanos individuales que apoyan el cobro de impuestos.

If other people are trying to exploit me through voting, should I be permitted to exploit them back in turn? My response is that being exploited by others may sometimes excuse certain kinds of rent-seeking behavior, but it does not normally excuse bad voting.

Here is a case where it does work. Suppose you go to the king and ask him to give you five of my sheep. Suppose the king’s men are careless, so they accidently kill one of my sheep as they seize five others. You get five sheep, but I am out six. After you have done this, it seems morally excusable for me to ask the king to take some of your goats and given them to me. After all, you should not have taken my sheep, and you owe me compensation. If I refrain from asking the king to exploit you back in turn, I suffer a major loss, and I had no moral reason to endure this loss. You, not I, started the pattern of exploitation. I am not trying to exploit you. I am just seeking rectification.

[…]

Or consider Hobbes’s state of nature. In the state of nature, everyone continually makes war with each other. Even if participating in the system of mutual violence repulses me, I cannot afford not to participate. If I refrain from violence, I will be killed, and no one will be saved in the process.

[7] Salvo, naturalmente, en ocupaciones que sean intrínsecamente malas según su propia ética liberal. Uno no podría ser un liberal y ser inspector de Hacienda[7.1], o un policía que trabaje en la brigada antidrogas, pero sí podría ser un taxista, un médico que trabaje en la seguridad social o un profesor que enseñe en una universidad pública.

[7.1] Una interesante discusión de esta clase de dilemas puede encontrarse en el capítulo séptimo del libro citado de Huemer.

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