No es economía, es filosofía.

Publica Juan de Mercado (seudónimo los invitados anónimos a Fedea) lo siguiente …y la ignorancia obstinada es ideología .

La idea del artículo en esencia es una crítica a la derecha por ser intransigente en su modelo de Estado y a la izquierda por proponer soluciones utópicas.

Nos pinta una derecha que ve a los individuos como individuos egoístas que tratan de medrar con mayor o menor éxito, sin tener un propósito común, ignorando que el ser humano es un animal social, y plasmando esta concepción en una férrea defensa de las libertades individuales. Económicamente, se preocupa más de qué restricciones debe tener el Estado que de averiguar si las políticas actuales son las óptimas.

De ahí, que en gran medida se diga que el Estado no debe intervenir, ni que haga falta gran evidencia para tomar una política determinada. Luego sigue   “si se piensa que dichas responsabilidades se han de limitar a la aplicación de principios generales, y no al análisis y la resolución de problemas, el conocimiento económico debe considerarse superfluo y  han de priorizarse la afinidad política y las relaciones de amistad y de vasallaje.”

Y termina con una cita de San Agustín, que desmetaforizándola viene a decir que la derecha tiene miedo a usar el análisis riguroso porque quizá salga que sus políticas no son las mejores. Un ejemplo de esto,añado, sería la labor lobbista por parte de la NRA en EEUU para prohibir durante 17 años la financiación pública a través del CDC de las investigaciones sobre violencia armada. El famoso “guns and crime”.

Por otro lado tenemos una izquierda que ve la sociedad como un individuo que debe dirigirse hacia un fin, ignorando las aspiraciones individuales que son fuente de conflicto. Ignoran la naturaleza del ser humano al defender sus concepciones de sociedad, lo que las condena al fracaso. En política, ignoran las restricciones en las que la derecha pone énfasis y se centran en qué políticas hacen falta para alcanzar su sociedad ideal, sin pararse a pensar en si esta sociedad es o no es estable. Un ejemplo de esto vendría a ser la URSS, o más cerca de nosotros, el programa político de Izquierda Unida.

La posición de los economista académicos, resume el autor, debe mantener una posición intermedia entre no ver problemas ni optimizar (derecha) y entre ver mal los problemas y proponer soluciones absurdas (izquierda). Y por culpa de la ideología, izquierda y derecha no quieren ver la realidad, ignorando los problemas de sus propias posturas. Volviendo al principio y citando a Kalecki “obstinate ignorance is usually a manifestation of underlying political motives”.

Yo por mi parte coincido con la cita de Kalecki, y me haré eco de otra cita, esta vez de Huemer, que tengo archivada en mi blog

“You might hope that intellectual honesty and self-awareness would be sufficient to prevent people from switching justificatory standards… But my experience is that the human capacity for self-deception is both vast and subtle. It enables us to seize upon any available tool for maintaining the beliefs — particularly about philosophy, religion, and politics — that we prefer, while avoiding full consciousness of its own operation. In fact, it takes a concerted, conscious effort not to engage this otherwise automatic faculty.”

Bien; en primer lugar anotaré que el autor ha hablado de derecha en sentido liberal, sin implicar necesariamente las connotaciones nacionalistas y religiosas del término.

Mi visión del modelo social de derecha liberal y la izquierda, que en cierto sentido cuadra con la del autor, podría resumirse en los conceptos de nomocracia y telocracia. La visión de la derecha es la nomocracia es una sociedad que no tiene ningún fin más del que permitir a sus participantes alcanzar sus fines individuales de forma armoniosa. De ahí, que se defienda una mínima intrusión coercitiva por parte del Estado para tales fines. Cuán mínima es otra cuestión; podría  argumentarse que un pequeño Estado del Bienestar es necesario para ello.

La izquierda defendería la telocracia, o una sociedad enfocada a un fin. Claros ejemplos de telocracias son las empresas: se constituyen para perseguir beneficios. En la sociedad sería la prosperidad, el bien común, el bienestar social o cosas así. Michael Oakeshott ya atestiguó que los Estados modernos han ido tendiendo progresivamente hacia la telocracia con las sucesivas ampliaciones del Estado del Bienestar, un concepto intrínsecamente telocrático tal cual se plantea hoy, al menos. El propósito del Estado moderno sería pues el bienestar de sus ciudadanos. Dado un problema, se plantean las restricciones, se plantean modelos de cómo funciona el sistema a analizar, se corren simulaciones y se implementan cambios al sistema que lo hagan evolucionar hacia el estado deseado. Luego se mira qué ha ocurrido y en un proceso de feedback se determina qué cambios han terminado sucediendo, se reajustan los modelos y vuelta al paso 1. Así trabajamos los ingenieros. De ahí que la telocracia aplicada a la sociedad pueda llamarse con rigor por otro nombre algo más conocido, el de ingeniería social. Término que para algunos tiene una fuerte carga emocional negativa y que por tanto se trata de evitar.

Juan de Mercado plantea ya de entrada una función a optimizar. A optimizar con cabeza, no como trata de hacer la izquierda, claro. Si se quiere mejorar la educación en un país, habrá que analizar qué políticas han funcionado mejor en otros sitios, cómo implementarlas a las particularidades de otra sociedad, hacer seguimientos, etc, y no partir de ideas como “El ser humano es una Tabula Rasa que puede ser moldeado a gusto del gobernante para que adopte la naturaleza que la utopía requiere”.  Pero con todo, en esencia plantea una visión telocrática, la misma que la izquierda, ya desde un comienzo.

Porque el autor, y esto no es una crítica sino una mera descripción, se encuadraría, al igual que la mayoría de la profesión académica en lo que podría llamarse el consenso socialdemócrata: Mercado y Estado no son perfectos, hay que averiguar para qué cosa es mejor cada uno y diseñar un marco institucional combinándolos para maximizar una función de utilidad.

Y claro, Mercado y Estado no son perfectos, eso es cierto. Pero de esta descripción pasamos a querer maximizar una función de utilidad. A intentar dar el salto del es al deber ser que Hume ya censurase. Si se define que la maximización de una función de utilidad es la persecución del bien y la Justicia, la implicación es obvia: debemos por todos los medios aproximar dichas funciones y optimizarlas. El problema es que el utilitarismo en tanto posición ética naturalista es una ética errada.

Pongamos que tenemos una política que aumenta la calidad de nuestra enseñanza (medida vía el Informe PISA como proxy) en un 20%. La medida implica un aumento del nivel general de impuestos de un 2%. Asumiendo que funciona exactamente como el modelo predice ¿Es una medida buena?  Una manera de averiguarlo es por supuesto preguntar a todos a los que se va a cobrar. Si todos están de acuerdo, el coste de los impuestos claramente es inferior a los beneficios esperados de la política. Pero las políticas no se implantan por consenso absoluto.

Podemos suponer entonces funciones de utilidad o similares y ver si ganamos o perdemos. Podemos modelizar que el dinero vale menos cuanto más tengas, y que perder algo duele más que el placer de ganar algo equivalente (aversión al riesgo); así como que las ganancias sociales de tener una población un 20% mejor educada son grandes, y concluir que la utilidad esperada aumenta. Por tanto, parece ser una política.

Es entonces cuando planteo: Supongamos que yo he encontrado una buena ONG a la que donar. He encontrado también una buena fuente de financiación, concretamente un vecino adinerado. Haciendo cálculos de utilidad, concluyo que la utilidad aumenta si le sustraigo una pequeña cantidad mensual de dinero y la dono a la ONG. Todos veríamos que esto está claramente injustificado. ¿Y en qué se diferencian las políticas estatales? En una teoría de la autoridad: el Estado tendría autoridad para hacer eso. Por un contrato social, por ejemplo; que es la teoría a la que se apunta Juan de Mercado al final de su artículo. Con el contrato social, todo el mundo se asume que está de acuerdo con la autoridad de las decisiones del gobierno y que por tanto en general, si una política aumenta la utilidad es legítima.

Una crítica al planteamiento es directa a la teoría del contrato social: que es errada en toda sus variantes, veáse Huemer (2013).  Entonces el Estado ya no estaría legitimado para hacer lo que sea que aumente la utilidad, sino que tiene unas restricciones éticas a tal efecto. Si se asume por ejemplo que sin juzgados, policía, ejército y una mínima red de seguridad social la sociedad decaerá a un escenario Hobbesiano de guerra de todos contra todos, cualquiera con un mínimo de sentido común vería que eso estaría justificado. 10% de impuestos contra la implosión de la sociedad es una pregunta diferente de 50% de impuestos y un Estado del Bienestar moderno.

Al empezar a plantearnos estas preguntas empezamos a alejarnos de las relativamente nítidas aguas de la Economía para adentrarnos en las algo más oscuras de la Filosofía Política, a tratar conceptos de legitimidad, deber, derecho y autoridad. Y aquí es cuando la premisa de la telocracia ya no es tan clara: optimizar una función de utilidad puede no ser lo justo. Y es entonces cuando, en pie de igualdad filosófico, se plantea la visión de la derecha liberal: la nomocracia. Si la teoría del contrato social de la que parte el autor es errada, entonces la visión de la derecha liberal ya no resulta incompetente, sino una a tomar en serio.

Una vez tratado el tema principal de la cuestión, a uno secundario: debemos investigar. Saber cómo es y cómo funciona el mundo que nos rodea es algo valioso. La Ciencia, incluso si fuese inútil y no tuviese aplicaciones prácticas, seguiría siendo algo a defender, en resumidas cuentas. Por tanto, y aquí de acuerdo con el autor, debemos investigar las causas y efectos de lo que nos rodea, sin sesgos ni miedos. Debemos entender, como nos informa la biología y la psicología evolucionista, que el ser humano es un ser hipersocial y que tiene una naturaleza inscrita en su código genético, como el resto de los animales.

El autor nos recomienda un libro de Binmore sobre el contrato social que no he leído y sin haberlo hecho esta opinión no será todo lo completa que debiera. Me lo apuntaré para un futuro.

Por último, debemos ser conscientes de que todos tenemos una ideología, no podemos huir de ello. Todos tenemos un conjunto de ideas sobre cómo creemos que debe ser el mundo, o de al menos unos criterios para juzgar lo anterior. No ignoremos la economía, pero tampoco la ética.

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